Sms al día siguiente de una de esas tantas noches punteñas, con aroma a verano:
'Nada de decirle a nadie lo que te dije ayer :)'
Y yo sonreí, sin saber que ese secreto sería la base de una gran amistad.
Él es mi hermanito, mi sonrisa, él es mi dolor de muelas y mi músico interior. Mi calor, en los días más fríos. Mi arcoiris en un cielo nublado. Él, quien me trabaja a la psicología más que la psicóloga de la esquina, y me miente, peor que político jubilado. Él es quién revolucionó mi tristeza y me enseñó que la amistad son momentos no de cantidad, sino de calidad.
Y tenemos tantos de esos momentos, que ahorita no puedo ordenarlos bien. Quizás por la mala mezcla de melancolía y nostalgia que traen, o quizás porque mi memoria es la más traicionera de todas, y le gusta jugarme malas pasadas. Sin embargo, aún cuando vea los recuerdos difusos, jamás olvidaré todo lo que hizo por mi.
Jamás olvidaré que me revivió cuando la tristeza me mataba, o la amargura me quemaba por completo.
Jamás olvidaré que me revivió cuando la tristeza me mataba, o la amargura me quemaba por completo.
Jamás olvidaré esa noche cuando se sentó a mi costado de la escalera de su casa, mientras yo resistía las increíbles ganas de quebrarme, y limpiándome la lágrima que caía lentamente de mi rostro, me pidió que le prometiera que esa sería la primera y última vez que me vería llorar por algo que no valía la pena.
Jamás olvidaré todas las conversaciones, que parecían no tener final, hasta altas horas de la madrugada. O el día que vino a mi casa, porque increíblemente, se encontraba paseándose por acá. Sí, por mi casa a miles de kilómetros de la suya, sólo para consolarme.
Tan buenos momentos, Christian, increíblemente buenos.
Y lo único que me arrepiento de nuestra amistad, es que siento que perdí mucho tiempo. Sí, perdí demasiado tiempo de mi vida sin ser su amiga.
Su hermanita.
Nunca vamos a dejar de ser hermanitos, ¿No?
Nunca.
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