10 diciembre 2009

Mi vestido azul.

Solo bastó la típica historia del príncipe y la distraída enamorada, para descubrir que dentro de aquella chica dura, se encontraba un alma, casi igual que soñadora que la mía. 

Con la única excepción que esta alma tenía los pies bien puestos sobre la tierra.

La conocí por esas cosas locas de la vida, y una novela que no tenía capítulo alguno que no nos hiciera suspirar. La conocí, y aún cuando al principio parecíamos no ser compatibles, con el tiempo fuimos descubriendo que teníamos más cosas en común de lo que jamás imaginábamos.

Con ella encontré el amor, y con ella lo espanté, por primera vez. (Claro que hubo alguno que otro golpe de por medio). También aprendí con ella que la madurez no es crecer y volverse amargado. Sino que es crecer sabiendo que guardas dentro de ti, la niña que ya no eres. Esa niña que sale cuando debe, y cuando no, se queda callada. (No como la mía, claro)

Y hemos pasado de la conciencia a la inconciencia en un par de horas.  Hemos cantado hasta llorar, y bailado hasta que no podamos más. Hemos planeado venganzas, que al final la vida se encargó de no hacerlas cumplir, por el contrario nos hizo ceder al amor, y terminar de la mano con el desamor.

Ahora ella me acompañará a diario en los próximos cinco años que se me vienen. Cinco años más a su lado, enamorándonos con cada príncipe, y ahuyentando sapos.

Gracias por los momentos que me diste, y los que se nos vienen encima.


Esto se parece al pasaje de los besos.
Completamente.

No hay comentarios: