Para una mayor comprensión: Revisar acá.
Los primeros meses de matrimonio no fueron tan malos, después de todo. Ya me había acostumbrado a los invasores -Mr. G, y su hija- y dejando de lado el vano esfuerzo para que el amor fluya entre mi mamá y el susodicho, a mi resultaba agradable tener una compañera de cuarto. Después de tanto tiempo sola, después de tantas conversaciones con mi otro yo, tenía una compañera, y eso me hizo feliz.
Sin embargo, la felicidad siempre es efímera, y algunas veces no dura más de una semana.
Esta duró exactamente cuatro meses. Porque el primer día del cuarto mes fue donde que vi que todo este cuento armado no iba a ser color rosa. Y todo gracias al mejor amigo de Mr. G: el alcohol, que se presentó por si solo, una de esas tantas noches de verano.
Esa tarde comenzó con Mr. G, llevándose a mi compañera de cuarto para no tener estorbo alguno que lo calificara como mal padre, cuando su nivel de alcohol expirara. Después, vino la celebración, los amigos, la cerveza, el cigarro, las risas, las anécdotas. Todo lindo un par de horas, sin embargo después de seis más, mi mamá y su barriga -porque ya en esos momentos ella estaba gestando- se cansaron de ver a Mr. G tomar con sus amigos sin cesar.
Así que ella hizo lo que toda esposa hubiera hecho en esos momentos, reclamar la irresponsabilidad en horas de madrugada. Reclamar su lugar, y su espacio. Reclamar el poco razocinio que presentaba su esposo, reclamarle todo. Y él en respuesta, dio lo contrario: Nada. La poca porción que trabajaba de cerebro, respondió que él no debía recibir reclamos, porque su hija, no estaba ahí, y ella era la pequeña que le importaba, para no faltar a sus deberes como padre.
Claro, le daba una escapatoria fácil a su hija, olvidando así que en esa casa había otra niña. Y esta pequeña de casi nueve años, nunca encontró otra salida, porque simplemente nunca la buscó. Nunca vio la necesidad de irse de su casa cuando los problemas se avecinaban, porque su lugar, era con su mamá.
Sin embargo esa noche de verano, todo cambió. Los gritos se volvieron más fuertes, las palabras mutaban contextos, y en el momento en que vi una mano alzarse por el espejo corrí hacia mi mamá, poniéndome al frente de ella, protegiéndola, o al menos intentándo, aunque la verdad era que mi estatura no era de gran ayuda.
Todos en esos momentos se petreficados.
Incluyendo a Mr. G, que me quedó mirando un par de segundos en silencio, sin decir palabra alguna.
No hay comentarios:
Publicar un comentario