Y faltando dieciocho cuadras, y veinte minutos, vino un tráfico infernal, inexistente entre San Borja y Surco. Como si alguien lo hubiera querido así, justo en aquellos minutos previos a mi entrevista.
Y yo ya no tenía uñas.
Estaba segura que algo pasaría, usualmente mis días no son perfectos en su esplendor, siempre esta la bajada en aquella montaña rusa que es mi vida. Y desde la mañana supe que todo estaba muy bien para ser cierto.
Aún cuando me perdía mi última olimpiada, aún cuando los extrañaba increíblemente, aquel había sido un buen día porque me había acostado con un par de canciones, alguno que otro te quiero, y una sonrisa en el rostro.
Una que se esfumó en cuanto vio la cola de carros avanzar un metro por minuto. Respiré un par de veces, conté hasta mil, revisé mis papeles, di una ojeada a mi carnét, maldije a dos policías, y faltando quince minutos para mi entrevista pasamos aquel montón de carros atorados.
Corrí lo más rápido que pude después del beso de la suerte de mi papá, y minutos después que me senté en la sala de espera me llamaron.
Di un largo respiro, y entré con una sonrisa a la sala de entrevista.
Tenía que hablar, y afortunadamente hablar con extraños, suele ser mi fuerte.
Ya tracé la línea de partida, este nuevo rumbo comienza ya.
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