Día 5.
No estaba feliz. No. No lo estaba aún cuando la noche anterior había bailado hasta que mis pies se derritieran del cansancio. No estaba feliz y aún cuando sabía la razón exacta, no la admitía.
No la admitía y fingía una sonrisa, aún cuando el mal humor duró las ocho horas en bus, y un poco más, gracias a mi papá.
-En veinte minutos, llego, como máximo.
-¿¡Qué!? -Fue lo único que dije, antes de colgarle el teléfono.
Y si digo que estaba por explotar es poco, sobretodo después de entrar y ver a todos los padres con globos, esperándonos. Y él iba a llegar una hora después que todos.
Quería patearlo, y mis ganas siguieron cuando lo vi, sonriéndome, en uno de los escalones más altos para disimular su baja estatura.
-Nunca te he fallado. -Me dijo con una sonrisa. Y yo lloré mientras le tiraba un pequeño puñete en el hombro.
-Como, como, ay papá. -Y me dio un beso en la mejilla.
Después de cruzar un par de miradas, con alguna que otra persona, fuimos a casa. La ciudad limeña, con sus centenares de carros, el humo, y su cielo gris, seguía intacta, y en casa todo igual.
Paulo bajó a recibirme, con una sonrisa en el rostro, yo le di un beso.
-Traje harto manjar blanco, y sabes qué? es sólo para tí. -Le susurré.
No estaba feliz. No. No lo estaba aún cuando la noche anterior había bailado hasta que mis pies se derritieran del cansancio. No estaba feliz y aún cuando sabía la razón exacta, no la admitía.
No la admitía y fingía una sonrisa, aún cuando el mal humor duró las ocho horas en bus, y un poco más, gracias a mi papá.
-En veinte minutos, llego, como máximo.
-¿¡Qué!? -Fue lo único que dije, antes de colgarle el teléfono.
Y si digo que estaba por explotar es poco, sobretodo después de entrar y ver a todos los padres con globos, esperándonos. Y él iba a llegar una hora después que todos.
Quería patearlo, y mis ganas siguieron cuando lo vi, sonriéndome, en uno de los escalones más altos para disimular su baja estatura.
-Nunca te he fallado. -Me dijo con una sonrisa. Y yo lloré mientras le tiraba un pequeño puñete en el hombro.
-Como, como, ay papá. -Y me dio un beso en la mejilla.
Después de cruzar un par de miradas, con alguna que otra persona, fuimos a casa. La ciudad limeña, con sus centenares de carros, el humo, y su cielo gris, seguía intacta, y en casa todo igual.
Paulo bajó a recibirme, con una sonrisa en el rostro, yo le di un beso.
-Traje harto manjar blanco, y sabes qué? es sólo para tí. -Le susurré.
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