11 octubre 2009

I'll be seeing you, Huaraz.

Día 5.

No estaba feliz. No. No lo estaba aún cuando la noche anterior había bailado hasta que mis pies se derritieran del cansancio. No estaba feliz y aún cuando sabía la razón exacta, no la admitía.

No la admitía y fingía una sonrisa, aún cuando el mal humor duró las ocho horas en bus, y un poco más, gracias a mi papá.

-En veinte minutos, llego, como máximo.
-¿¡Qué!? -Fue lo único que dije, antes de colgarle el teléfono.

Y si digo que estaba por explotar es poco, sobretodo después de entrar y ver a todos los padres con globos, esperándonos. Y él iba a llegar una hora después que todos.

Quería patearlo, y mis ganas siguieron cuando lo vi, sonriéndome, en uno de los escalones más altos para disimular su baja estatura.

-Nunca te he fallado. -Me dijo con una sonrisa. Y yo lloré mientras le tiraba un pequeño puñete en el hombro.
-Como, como, ay papá. -Y me dio un beso en la mejilla.

Después de cruzar un par de miradas, con alguna que otra persona, fuimos a casa. La ciudad limeña, con sus centenares de carros, el humo, y su cielo gris, seguía intacta, y en casa todo igual.

Paulo bajó a recibirme, con una sonrisa en el rostro, yo le di un beso.
-Traje harto manjar blanco, y sabes qué? es sólo para tí. -Le susurré.

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