La cuenta regresiva para el encuentro.
Tenía catorce años, y un corazón desesperado por latir a la primera vista que divisara. Y justo el día en el que el sol decidió irradiar en pleno invierno, él se cruzó en mi camino. Con esa combinación perfecta de ojos y mirada que te dejaban hipnotizada de pies a cabeza.
Sí, tenía catorce años, cuando lo vi por primera vez.
Y tenía catorce años, cuando pensé: "Me enamoré".
Con la timidez que a veces necesitas, la ternura que te enamora, las palabras que te aterrizan, y los susurros que te hacían soñar, él era de ensueño. Muy bueno para ser cierto, muy cierto para hayarse cerca. Y antes de poder soñar, me di cuenta que -dejando de lado mi poca estabilidad emocional para con las personas que me encantan, fascinan, entre otros- él estaba a kilómetros de lo que podría y no sería. Él estaba al extremo de palabras y besos que nunca ocurrirían.
La distancia venció nuestros años, y al final lo único que guardé fue un segundo de su risa.
Hoy me enteré que lo volveré a ver, después de tres años, y en aquel instante reviví el momento exacto en que lo conocí, con una bolsa de metro en mano, mi corazón desconfigurando el reloj, y su mirada azul, con esos perfectos ojos verde, y esa sonrisa, tan inalcanzable, de viernes.
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