Podría hablar que fue una noche increíble, desde que abrí la puerta y llegaron los invitados, hasta el día siguiente en que almorcé en la casa de mi mamá con un par de ellos.
Si, fue increíble.
Sin embargo, a las seis de la tarde, mientras el sol se escondía, la luna intentaba escapar y yo subía al micro, mi corazón entró en un choque de emociones. Como si todas intentasen huir de mi, y a la vez no.
Estaba la alegría de uno de esos tantos inolvidables cumpleaños, con la nostalgia de buenos viejos tiempos, más el impacto de recuerdos que golpeaban mi cabeza sin parar.
Me atacaban de un lado al otro, mientras empañaba el espejo, de las lágrimas que contenía.
Me atacaba la euforia y la depresión. Me ataban los recuerdos y el porvenir.
Me ató el recuerdo de amores pasados, y el saber que este año no habría cabida para errores. No habría cabida para la niña que se cansa del amor, ni huye de él. Este año no hay cabida para dejar que el alcohol la tome de rehén, y pida besos sin permiso.
Este año, simplemente no hay cabida para María Claudia, la niña.
Y probablemente lo que más nostalgia me de, es que María Claudia la niña, me dio muy buenos momentos, algunos errores quizás, sin embargo de retroceder el tiempo los cometería una y otra vez...una y otra vez.
Porque son parte de mi, parte de la memoria de María Claudia la niña.
Que por hoy dicen que ya es toda una mujercita.
Pero, realmente, yo no les creo.
Y después de un par de horas el choque disminuyó, pero dejó un tráfico terrible en mi corazón.
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