Eran las seis y veinte de la tarde. Lo recuerdo claramente, porque fue lo único que pude divisar entre tanta cabeza muda, y cuerpo pegado de gente indiferente, que invadía el micro. Unos cogiéndose de la baranda al ritmo de la música, otros insultando al cobrador que ya no sabía por cual hueco meterse para recoger dinero y los mismos de siempre que cuidaban su cuarto de terreno en pie mirando mal a quien intentaba acomodarse. Si, eran las seis y veinte y fue lo primero que captaron mis sentidos, después claro, de escuchar el famoso ‘¿Habla, vas?’ Del cobrador.
Parada, tuve que tambalearme un par de veces antes de encontrar la estabilidad necesaria para evitar caer, mientras que observaba como uno de los chicos que se encontraba parado, de rasgos andinos, intentaba entablar conversación con la chica de mi costado. Ella bien arreglada más no muy agraciada físicamente, soltó un par de monosílabos, y luego cogió con fuerza su bolso. El chico la miró de pies a cabeza y sin que ella se diera cuenta, susurró un: ‘Qué tal…’
Más adelantito se encontraban un grupo de amigos conversando y riendo escandalosamente, sin saber que a su costado, una señora de mayor edad, que por su extensa falda colorida, su chompa que parecía almacenar todo el calor posible, y su trenza a la cintura, parecía ser de provincia estaba esperando a que alguno de ellos se dignara a pararse y cederle el asiento. Sin embargo los muchachos la miraron un par de veces sin siquiera prestarle atención. La miraron un par de veces y se fijaron en su ropa, pero no en su edad. Y lo más deprimente fue que cuando el cobrador les pidió que cedieran el asiento, uno de ellos se paró, riendo y le dijo a su amigo: Suerte con la chola.
La escena me dio vergüenza ajena por los ignorantes muchachos, así que en la mitad del micro, parada, volteé el rostro para analizara otras personas. Sin embargo los movimientos me vencieron y en una de esas tantas empujadas que se da cuando el micro esta repleto, se cayó el libro que tenía en mano. Escuché un par de insultos al cobrador, y otro tanto para el conductor, sin embargo no me interesó escuchar esos adjetivos denigrantes porque buscaba el libro que se había caído de mis manos. Libro que el señor de mi costado, al que probablemente había golpeado con el bolso antes de irme de lado a otro, amablemente me lo pasó. Y cuando creí que los gestos caballerosos se habían acabado, un chico al fondo alzó su mano y me pasó la voz para cederme su asiento.
Obviamente me sorprendí, pero supuse que bajaría pronto y se había apiadado de mí y mi poca coordinación para mantenerme de pie dentro de tanta gente, sin embargo, cuando me senté se paró y se quedó a mi costado. Mirándome fijamente. Yo no sabía que hacer, estaba claro que me había cedido su asiento y estaba claro que no se iba a bajar en esos momentos. Lo único no claro, era el por qué, así que me metí en la cabeza que lo había hecho como buena obra de caridad. Por lo que atiné a sonreírle, y ponerme a leer evitando hacer contacto visual, porque por más que me haya ayudado y agradecía su gesto, para mi, él era un desconocido, y entablar conversación iba más allá de mis límites permitidos.
No sé cuanto tiempo estuvo ese chico a mi costado, pero fue en uno de esos paraderos masivos donde escuchas: “Cincuenta Pershing, cincuenta Pershing”, donde la gente se escandalizó por bajar, una señora quiso pegarle al cobrador por cobrarle de más, y un niño cayó por saltar los escalones del micro, otro casi queda olvidado por su mama, cuando finalmente este se vació y el chico amable, desapareció a unos asientos delante de mi.
En esos momentos alcé la viste y volví a ver el micro. Ahora todo parecía estar más calmado, las personas más tranquilas y cada uno por su cuenta. O bueno, eso creí hasta que vi cómo un señor le pasaba la voz a una joven que se retorcía y retorcía por su espalda. La chica pareció sorprendida cuando el hombre le habló, sin embargo cuando mencionó algo acerca de la quiropráctica, la chica cambió de postura de incómoda, a relajada en un instante. El hombre sacó un folleto, y la conversación entre ambos fluyó con la naturalidad con la que fluye cuando hablas con alguien que conoces de tiempo atrás.
Yo reí, finalmente había encontrado la interacción social que había esperado encontrar desde un comienzo. Y en esos momentos de satisfacción y tranquilidad, subieron al micro tres adolescentes con gorro, e instrumentos hechos en base a una lata de leche, un peine, y algo parecido a un pequeño cajón, en mano. Era uno de esos tantos pequeños grupos chichas que se ganan la vida cantando aquí y allá. Algo normal, pensé, sin embargo esos momentos, todo cambió. La mayoría de jóvenes ahí presentes, sacó sus aparatos de música, subiendo el volumen, supongo. Otros recién se ponían audífonos –cosa que probablemente yo hubiera hecho, indiferente, pero que no hice porque mi ipod no tenía batería. Y otros pocos prestaban atención a la canción.
Y entre tanto ajetreo, pude escuchar a lo lejos que alguien dijo: Estos cholos de mier…, que vienen a malograrme la tranquilidad.
Automáticamente volteé y vi al dueño del comentario, un chico de veinte muchos y treinta pocos que miraba con desdén a los músicos. Uno de ellos, el mayor, se percató y después de tocar un par de canciones, realmente pegajosas y buenas, se detuvo ante el chico y le pidió dinero, haciéndose el de oídos sordos. “No malgasto mi dinero en huevadas”. A lo que él chico con la educación que el anterior no tenía respondió: “¿Seguro?” y siguió de largo pidiendo dinero, mientras que el otro lo miró unos segundos y siguió haciéndose el indiferente. Algunas personas se sorprendieron ante la respuesta del último, y murmuraban que no era posible tal falta de respeto. Otros simplemente se quedaban callados y volvían a sus asuntos, mientras que un pequeño grupo, sonreí al haber escuchado respuesta tan inteligente, y vivaz.
Sin embargo, la gran mayoría vio la respuesta como una falta de respeto, por lo que los tres adolescentes bajaron, con pocos soles y humillación en su bolsillo. Estaban yéndose y supe que no era justo, aún cuando yo les había colaborado, tal golpe a su orgullo.
Así que alcé la mano, y corrí a la puerta del micro.
-Bajo con ellos. –Le dije al cobrador, haciendo referencia al grupo de chicha. Tomé un largo respiro, alcé el rostro y miré al chico de veinte muchos y treinta pocos. - Parece que a fin de cuentas tenemos algo en común.
Al final de cuentas, yo estaba segura que si ese chico decía que no podía gastar su dinero en huevadas, no podía gastar su dinero en personas con actitudes como la suya.
Missita linda de Ética y Ciudadanía, quiero una nota mayor a dieciocho. Gracias, gracias.
Missita linda de Ética y Ciudadanía, quiero una nota mayor a dieciocho. Gracias, gracias.
1 comentario:
Realmente esto da a demostrar que cuando uno tiene talento puede escribir de todo .
Que bonito Mc .
La nota que pides, a mi parecer seria poco.
Suerte en tu vida universitaria!
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