Siempre dicen que en la universidad pasarás, fugazmente, por diferentes sonrisas, diferentes miradas y diferentes palabras: buenas, malas o indiferentes; sin embargo, lo que nunca te dicen es que existe una posibilidad, en un millón, de que una de esas sonrisas, una de esas mriadas y una de esas palabras, se detengan en tu vida.
Y sean las de tu mejor amiga.
Sólo es una posibilidad en un millón y nosotras fuimos ese uno en un millón.
Desde la primera vez que hablamos el tiempo marcó la pauta; la universidad, el ritmo; los momentos, los acordes; y cada una de nuestras palabras, las voces de una nueva canción: nuestra canción. Una que hablaba de un par de chicas que no se conocieron de niñas; sin embargo, el destino las juntó en la etapa clímax de su vida: aquella de primeros amores, salidas, alcohol y risas; aquella de tristezas, confesiones y unas gotas de mala autoestima; aquella de libertad, de independencia... y aquella etapa donde lo único ridículo de la vida era y es, simplemente, no vivirla.
Ambas, ella y yo, diferentes (una rulosa, la otra casi lacia), pero tan iguales. Dos mejores amigas amantes de hablar, amantes de llorar, amantes de bailar, amantes de la conexión, amantes de un par de desconocidos, amantes de un primer amor que aún no llego, amantes de la bipolaridad, amantes de los eyecontact.
Amantes de vivir la vida.
Y no sé si en cada carrera haya un par de nosotras, no sé si en cada carrera haya, al menos, un par de Ale's y María Claudia's tan amigas, tan hermanas. No lo sé, pero espero que sí porque, después de tener más de un año de amistad y casi un año de mejores amigas y hermanas, quienquiera que tenga una amistad como la nuestra, no sólo tiene una mejor amiga, una hermana, sino tiene a una gemela. Una gemela como ella nunca quiso y como yo siempre imaginé.
Mi hermana. Mi amiga. Mi mejor amiga.
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