13 abril 2011

Utopía

Huí, me escondí y dejé ir. Instauré mi corazón en esa monótona rutina de finales inciertos y cálculos desfavorables que me enseñaron a inventar excusas y, peor aún, creérmelas.

Fue así como me volví prisionera de miedos y de fantasmas inexistentes, condenándome en una celda junto a Soledad. Ahí, en un rincón, me refugié en mil y un inventos de amor, me olvidé el sabor de la realidad, el aroma de libertad, del sonido de felicidad...y antes de mi sentencia a cadena perpetua, te metiste en la sala de mi imaginación.

Llegaste de imprevisto, como las cosas que no tienen sentido, y me robaste cada centímetro cúbico de aliento, porque aún cuando nunca te había imaginado, yo ya te había soñado.

“Eres tú” dije son una sonrisa, mientras me sacabas las cadenas de encima.
“Soy yo” repetiste. Y sí, fuiste tú.

Ganándole a mi mal juicio, alejándome del rincón de Soledad y trayéndome de vuelta a la realidad con un poco de imaginación, que siempre va a necesitar este loco amor.

Ah, y vestías de amarillo, lo recuerdo.
Porque era el único color entre tanto blanco y negro.

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