19 abril 2011

Cazador de corazones verdes.

Vulnerable, sola y rendida ante el amor, él la vio... y cómo lo habrá visto que, sin pensarlo dos veces, la atrapó.
Y se la adueñó.

Una vez suya, le metió el flechaso directo a su corazón; no dudó, ni titubeó en domar a su antojo y mal gusto, cada centímetro cúbico de su cuerpo y de sus sentimientos. 

Ella fue una presa fácil, no lo dudo; tentadora, lo apuesto; un trofeo, mil veces lo reitero. Sin embargo, como fiel cazador la apreció un par de minutos, la gozó, la vivió, le quitó hasta el último sopló de alma y se cansó: la dejó.
Y la botó, como se botan las cosas que no tienen sentido. De la manera más vil y deshonrosa, el maldito, la botó. 

Sin embargo, olvidaste un pequeño detalle, querido: no te metiste con una presa cualquiera; sino con mi amiga, con mi hermana, con mi carnada.
Y ahora ten cuidado cazador que, en mala hora, te cruzaste con la cazadora equivocada.

Y recuerda estas palabras palabras gitanas, porque aún cuando llevo la paz en las venas, no dudaré en declararte la guerra.

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