Me cogió dulcemente la mejilla y sentí un oleaje de nervios pasearse por mi cuerpo, acto reflejo giré el rostro.
Yo...yo no no puedo. Dije sin mirarlo, porque de hacerlo corría el riesgo que la tentación venciera mi autocontrol, lo besara y terminara malogrando absolutamente todo.
Él sólo atinó a decir: ¿Por qué?
Y su voz vidriosa me partió el corazón.
Porque yo no puedo comprometerme con nada, con nadie. Respondí, sintiendo la gran necesidad de salir corriendo antes de romper en llanto.
No...no entiendo. Dijo confundido.
Nunca lo entenderás. Dije parándome, lista para irme de aquel lugar a mi casa, encerrarme en mi cuarto y mezclar mis sentidos con Arjona hasta dormir.
Sin embargo, él me tomó del brazo.
No. No te voy a dejar ir una vez más.
Y se paró al frente mío.
No te vas a ir sin darme una explicación. Añadió tajantemente.
Di un largo suspiro.
Vamos a malograr nuestra amistad. Fue lo primero que dije, sin mirarlo a los ojos.
Nunca aprendiste a mentir.
No es...
Y me tomó las manos.
Sólo, sólo quiero la verdad es lo mínimo que merezco, ¿No crees?...de ahí prometo dejarte ir.
Tenía razón, si quería la verdad, se la iba a tener que decir.
Esta bien, yo, yo no vine al mundo para esto...para, para enamorarme.
La voz se me entrecortó.
Yo...yo vine al mundo para morir... tarde o temprano. Tengo SIDA.
Y me fui. Dejándolo una vez más detrás de mi, con el deseo efímero de morir de una vez por todas y un te amo marchito en mi garganta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario