28 septiembre 2011

Vida

Hoy fue la primera vez que sentí que realmente mi vida podía acabar. 

No miento, mientras mi papá me llevaba a la San Pablo, yo, malditamente sensible en estos días, lloraba sin llorar. Y, en ese llanto que no era llanto, también pensaba. Pensaba en mi vida: en qué había hecho con ella o qué me faltaba por hacer, en mis anécdotas en mis memorias, en mis asuntos pendientes... en todo, y en eso, tras sonreír y cubrirme los ojos, recordando,  llegué a la pregunta del año. ¿Cómo saber cuando se esta viviendo? ¿Cómo saber cuando se esta viviendo bien? ¿Lo estoy haciendo, acaso? No miento, pensé muchísimo en eso, y puedo decir que si muero, aún cuando me queden muchos pendientes, he tenido una buena vida con miles de millones de momentos únicos, pero, mejor aún inolvidables. Sí, tengo 18 y aunque no haya vivido más de lo que mis pocos años de vida me permiten, puedo decir que he vivido increíblemente bien.
Sin embargo, debo admitirlo: a ese increíble le falta un sueño. Algo tonto, algo iluso, algo furtivo, algo deseado desde que tengo consciencia: un albergue. Por eso, desde hoy, seguiré viviendo la vida como descubrí, este año, que se tiene que vivir  (cada día como si fuera el último), pero le añadiré el valor agregado de no perder de vista que cada paso de mi camino me lleve a crear mi propio albergue.

Un albergue, mi sueño... porque no hay nada que me pueda llenar más que eso: la sonrisa de un niño. Es... raro, inexplicable... indescriptible. Es algo que te llena por completo el corazón y lo alimenta con pureza, pero bueno, no diré más: quiero decir menos y hacer más.

Quiero seguir disfrutando cada segundo de mi vida, pero ahora vivir mi vida para mi y para quienes más lo necesitan. Quiero, ilusamente, cambiar el mundo. Dejar mi huella en pequeñas sonrisas. Dejar mi nombre tatuado en la alegría de pequeños... quiero, eso quiero.

Y obviamente, seguir viviendo como lo estoy haciendo. Ahora que encontré ese balance no hay nada que me detenga de explayarme en ambas cosas al máximo. Nada.

Y ahora iré a dormir, definitivamente una picadura de araña no se compara a un problema cardiaco, pero sí hay algo  que tienen en común:  las medicinas de ambos te drogan terriblemente.

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