27 septiembre 2011

Un poco de paz

No la veía desde que tenía 4. No la veía desde que tenía 4 años y hoy la vi... en mis sueños, a ella, tan ella... a  mi abuelita.

Fue un sueño raro, algo loco, desequilibrado, casi como suele ser mi vida. Una reunión (extrañamente en la casa de mi abuelo), amigos, alcohol, juegos...hasta ese entonces todo normal; sin embargo, cuando alguien puede viajar en el tiempo sabes que lo normal pasa a ser irracional; cuando alguien regresa y dice que vio a Hitler tu sólo puedes preguntarte qué demonios fumó; y cuando te dicen que ayudaron a construir una de las pirámides de egipto, no sólo te preguntas qué demonios fumó, sino le preguntas si tiene más para probar.

Y eso hice, en mi sueño claro.

Seguí los pasos que, según el patrón, me llevarían a cualquier momento loco en el tiempo y, sin embargo, tras decir unas palabras en quechua mirando un  reloj, no me cambié de lugar, pero eso sí, todos habían desaparecido. Yo seguía en la casa de mi abuelo, pero no había nadie. Intrigada, fui a la habitación más cercana, pero estaba igual que la sala y el comedor: vacía. No tenía miedo, eso lo recuerdo con claridad; por el contrario sabía que había algo especial, sabía que, inclusive, la vería. Así que no pensé dos veces antes de visitar el segundo piso. Y en el cuarto principal vi a mi abuelo, escribiendo una carta. Él me saludó y sólo atinó a decir "Tu abuelita esta en el otro cuarto".

En esos momentos corrí, corrí como la maratón del final de mis sueños; abrí la puerta y la vi. Echada en la cama, con una sonrisa, estaba ella: mi abuela. La misma del corazón y alma noble, la misma que no veía desde los 4, antes que falleciera. Ella. La misma. Yo no tenía miedo, lo recuerdo, sólo ansias. Ansias de verla y abrazarla. Ansias de un abrazo. Ansias. Ansias. Me acerqué a ella y sus labios sólo pronunciaron "Echate hijita.".

Y la obedecí.

Me eché a su lado y la abrace; llorando, la abracé mientras sentía una extraña paz, tranquilidad y alegría recorrer cada centímetro cuadrado de mi cuerpo. La paz, tranquilidad y alegría que necesitaba y que, curiosamente, había pedido horas antes, saliendo a las diez de la noche de la universidad.

Esa paz, tranquilidad y alegría, ella me las dio. Su abrazo me calmó. Recuerdo haber escuchado un "todo estará bien" de su parte y, después, un último abrazo suyo.

Uno de esos abrazos que no quieres que acaben nunca, uno de esos abrazos que te hacen despertar llorando.

Uno de esos abrazos que me hizo despertar llorando y seguir llorando diez minutos después.

Fue muy real, muy vívido... muy puro.

Siempre supe que había alguien que me cuidaba en cada aventura suicida a la que me expongo día a día (literalmente suicida), ahora sé que ella es la que me cuida, o una de las personas que cuida por mi.

Aún recuerdo sus palabras "Todo estará bien" y, hoy, todo estuvo de maravilla. Fue un día perfecto de no preocupaciones, mejores amigas y hablar de la vida.

Gracias abuelita. Gracias y te amo. No hay más que pueda decir.
Gracias por la paz que me diste, te juro que cada sonrisa que doy desde hoy, destila tu alegría, una pura alegría.

Y gracias porque por ti, hoy me siento increíblemente viva.

No hay comentarios: