10 marzo 2011

Wishful thinking

Y no duermo desde hace tres días, coincidentemente, desde tu regreso a Lima.

Sé que es en vano escribirte, no sólo porque después de todo lo que sucedió, perdí el valor de entregarte mis palabras, sino también, porque de tenerlo, se que me las devolverías... intactas, puras y no leídas. Y sería completamente merecido, al fin al cabo fui yo quien borró los puntos suspensivos que trazaste a nuestra historia con la esperanza innata de volver a retomarla. Fui yo, y también fui yo quien le puso punto final a tu esperanza, e inspiró las primeras palabras del siguiente capítulo de tu vida: No la odio, pero...

No me odias, pero cuando nuestras miradas se crucen voltearás la tuya para evitarme, cuando escuches mi voz te harás el sordo y cuando me sientas cerca te alejarás lo más que puedas. Y te entiendo, de ser tú no sólo me alejaría de mí lo más que pudiera, sino también construiría una muralla que prohibiera el ingreso de corazones con problemas mentales como el mío. Es más, conociéndote sé que dentro tuyo se están reproduciendo defensas contra mi enfermedad, y repito, te entiendo. Sin embargo, estas horas donde mi sentido común pierde la razón y la nostalgia se mezcla con un par de terribles canciones melancólicas, yo... yo extraño tu sonrisa, tus ojos, tu mirar, tus manos en las mías, tus labios sorprendiendo los míos. Extraño tu manera de ser y la persona que era contigo... aún cuando esa no era yo por completo... te extraño.

Tengo que admitirlo, aún cuando no cambiaría nada del pasado (así lo haya pensado), te extraño. Aún cuando repetiría cada palabra de aquel jueves gris, te extraño.
Maldita sea. Si lo hago.

Sin embargo, chico de la guitarra en mano, tienes que entender que corazones nómadas como el mío, no quieren aprender a querer y se rehúsan a ser queridos.

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