Y ella me devolvió los estragos de temor e inseguridad que pensé había dejado atrás. Sin embargo, no la culpo, por el contrario, la compadezco. Compadezco su mirada afligida, sus labios acongojados, compadezco el quebrar de su voz y su rostro empapado, pero sobre todas estas cosas, compadezco aún más el dolor que escapó de ella, se albergó en mí y me tomó de prisionera.
Prisionera de demonios de los que tanto había estado huyendo...sí, esa María Claudia quiere volver.
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